4 Febrero 2026

Cuando el control se rompe

La violencia masculina no nace de la fuerza, sino de la incapacidad de regular emociones. La ciencia muestra que salud mental y cultura explican más de lo que creemos.

Teleuniverso

Cada vez que un hombre reacciona con violencia ante una ruptura, un rechazo o una discusión, la sociedad repite la misma frase: “perdió el control”.

Pero esa expresión, lejos de justificar, revela una realidad clínica: muchos hombres nunca aprendieron a regular sus emociones.

No se trata solo de carácter. Tampoco de “maldad pura”. Detrás de muchas conductas agresivas hay una combinación compleja de biología, historia personal y cultura. Entenderlo es clave para prevenir tragedias.

Desde la psiquiatría sabemos que el autocontrol emocional depende del equilibrio entre dos sistemas cerebrales: la amígdala, que detecta amenaza y activa respuestas intensas, y la corteza prefrontal, responsable de frenar impulsos, reflexionar y tomar decisiones.

Estudios de regulación emocional publicados en JAMA Psychiatry y The Lancet Psychiatry (2022–2024) muestran que cuando la corteza prefrontal funciona de forma ineficiente —por estrés crónico, trauma infantil, consumo de alcohol o falta de habilidades emocionales— aumenta la impulsividad y disminuye la capacidad de inhibir reacciones agresivas.

En términos simples: el cerebro siente más rápido de lo que puede pensar.

Si a eso se suma una educación basada en “los hombres no lloran”, “no muestres debilidad” o “debes controlar a tu pareja”, el resultado puede ser explosivo.

La Cultura y la Regulación Emocional
La cultura enseña represión emocional, no regulación emocional.

Y la represión, tarde o temprano, estalla.

Datos de Violencia Interpersonal

Datos de violencia interpersonal recopilados por la World Health Organization señalan que los hombres presentan mayor tasa de conductas violentas y letales, especialmente cuando existen celos, rupturas afectivas o consumo de sustancias. No es una cuestión genética aislada; es una mezcla de aprendizaje social, modelos de masculinidad rígidos y déficit de habilidades psicológicas.

En consulta vemos un patrón repetido: hombres con baja tolerancia a la frustración, dificultad para expresar tristeza, miedo al abandono y escasas herramientas de comunicación. Lo que debería expresarse como dolor se transforma en ira.

La violencia no es fortaleza. Es fragilidad emocional.

La violencia no es fortaleza. Es fragilidad emocional.

Además del impacto humano, el costo es social y laboral. El mal manejo emocional se asocia con conflictos en el trabajo, renuncias impulsivas, problemas legales y deterioro familiar. La salud mental también determina productividad, liderazgo y estabilidad económica.

La buena noticia es que la regulación emocional se puede entrenar. La evidencia respalda intervenciones claras:

  • Psicoterapia cognitivo-conductual, terapias de regulación emocional y Terapia familiar.
  • Tratamiento psiquiátrico cuando hay depresión, ansiedad o impulsividad severa, sobre todo si hay usos y abusos de sustancias.
  • Ejercicio físico regular.

En el ámbito laboral recomiendo estrategias simples: pausas breves antes de decisiones importantes, técnicas de respiración, pedir apoyo en momentos de alta tensión y aprender habilidades de negociación emocional. Un trabajador que maneja sus emociones rinde mejor y genera entornos más seguros.

Regulación emocional y control mental en hombres.

También debemos romper un estigma urgente: buscar ayuda psiquiátrica no es debilidad ni “locura”. Es prevención. Así como fortalecemos músculos en el gimnasio, debemos fortalecer la mente.

Si queremos una sociedad más segura en 2026, necesitamos hombres más conscientes, más empáticos y emocionalmente entrenados.

Porque la verdadera fortaleza no está en imponer, sino en regular.

En Santo Domingo, contar con atención psiquiátrica especializada, con experiencia en neuropsicología clínica, rehabilitación neurocognitiva y gestión integral de la salud, permite a las familias dominicanas —y también a los turistas que nos visitan— acceder a tratamiento profesional en momentos críticos. La salud mental no es opcional: es la base de relaciones sanas, trabajo estable y vidas libres de violencia.

Pedir ayuda no es debilidad, es responsabilidad. La salud mental no es un lujo: es la base sobre la que se construye todo lo demás.

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