28 Enero 2026

DEPRESIÓN

Uno de los mayores errores en torno a la depresión es creer que siempre es evidente. Muchas personas continúan trabajando, cuidando a sus hijos, sosteniendo responsabilidades y aparentando fortaleza mientras, por dentro, su salud mental se deteriora.

Teleuniverso

Vivimos en una época profundamente influenciada por las redes sociales, donde el éxito laboral, el reconocimiento público y la estabilidad económica se presentan como sinónimos directos de felicidad. El mensaje es claro y persistente: “si logras más, serás feliz”. Sin embargo, en la práctica clínica diaria observamos una realidad muy distinta y, muchas veces, desconcertante.

¿Qué ocurre cuando una persona alcanza ese éxito largamente esperado, recibe elogios, reconocimiento y validación social, y aun así, con el paso del tiempo, comienza a sentir un vacío difícil de explicar? Es precisamente en ese punto donde muchas creencias se tambalean. La promesa implícita de felicidad permanente no se cumple, y lo que emerge es una sacudida profunda de la estructura emocional del individuo.

Como psiquiatra le informo a mis pacientes que la felicidad no es un estado continuo ni universal. Depende de múltiples factores: la forma en que el cerebro procesa la experiencia, el tipo de crianza recibida, los vínculos tempranos, la estructura de personalidad, los valores aprendidos y la calidad de los lazos afectivos actuales. Esta “base emocional” —lo que podríamos llamar la zapata emocional— varía significativamente entre personas. La depresión no aparece de forma abrupta. Se instala progresivamente a través de pequeñas sutilezas conductuales y emocionales que se intensifican con el tiempo y suelen ser observables durante más de dos semanas consecutivas.

Desde el punto de vista neurocientífico, esto ocurre porque el cerebro necesita tiempo para pasar de un patrón de funcionamiento considerado “normal” a un patrón depresivo. Cuando el cerebro comienza a reorganizarse de manera disfuncional, se producen alteraciones en los circuitos neuronales implicados en la motivación, el placer y la regulación emocional.

La depresión no siempre se ve

Uno de los mayores errores en torno a la depresión es creer que siempre es evidente. Muchas personas continúan trabajando, cuidando a sus hijos, sosteniendo responsabilidades y aparentando fortaleza mientras, por dentro, su salud mental se deteriora.

En el entorno empresarial esto es especialmente común. Profesionales que aumentan su carga laboral para no pensar, que se vuelven más irritables, que pierden la motivación o el disfrute, pero siguen “rindiendo”, algunos, por el contrario, se tornan distractos y lentos, empiezan a cometer muchos errores y se aquejan de patologías somáticas (cefalea, malestar general, fatiga, etc.). En casa, padres o madres emocionalmente ausentes, cansados sin razón aparente, con cambios en el sueño, el apetito o el estado de ánimo, que muchas veces son malinterpretados como estrés o mal carácter.

En niños y adolescentes, la depresión no siempre se manifiesta como tristeza. Puede presentarse como irritabilidad, bajo rendimiento escolar, aislamiento, cambios conductuales o dificultades para regular emociones.

Tratamiento: un proceso integral y sostenido

El cerebro necesita tiempo para reprogramarse. Por ello, el abordaje debe ser integral y guiado por profesionales especializados.

El primer paso es la evaluación psiquiátrica, que permite no solo indicar el tratamiento psicofarmacológico adecuado, sino también descartar causas orgánicas o médicas que puedan generar síntomas depresivos (alteraciones hormonales, trastornos neurológicos, enfermedades sistémicas, entre otras).

La evidencia científica actual respalda la combinación de psicofármacos con psicoterapia —como la terapia cognitivo-conductual y la terapia familiar— iniciándose esta última una vez que el tratamiento médico comienza a estabilizar los síntomas. La duración del tratamiento puede variar entre seis meses y dos años, dependiendo del paciente y la evolución clínica.

Depresión y éxito: cuando todo parece estar bien.

Un llamado a la observación y a la acción

Las personas con depresión suelen cambiar su forma de ser. Se encierran en sí mismas, perciben la realidad de manera negativa y les cuesta reconocer lo positivo en sus vidas. A menudo, la tristeza puede verse reflejada en la mirada, incluso cuando existe una sonrisa social o una actitud irritable que intenta ocultar el dolor.

Prestar atención a estos cambios puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

La depresión no es debilidad, ni falta de gratitud, ni fracaso personal. Es una enfermedad real, con bases neurobiológicas, psicológicas y sociales, que requiere comprensión, acompañamiento y tratamiento profesional oportuno.

Hablar de depresión con responsabilidad y conocimiento no solo salva vidas: devuelve esperanza donde el cerebro, momentáneamente, ya no logra verla.

Porque cuidar la mente no es opcional: es lo primero.

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