
En la consulta he escuchado varias frases repetirse: “Me duele el pecho”, “No puedo dormir”, “Siento un vacío por dentro”, “Lo di todo de mí”. Cuando una relación termina, el sufrimiento no es solo emocional. Hoy sabemos, con respaldo científico, que el desamor duele físicamente en el cerebro.
Durante décadas pensamos que estas expresiones eran metáforas. Sin embargo, estudios de neuroimagen publicados en The Lancet Psychiatry y JAMA Psychiatry (2023–2024), demuestran que el rechazo afectivo activa la corteza cingulada anterior y la ínsula: las mismas regiones que procesan el dolor físico.
En otras palabras, para el cerebro, perder a alguien significativo se parece mucho a una herida corporal.
Por eso aparecen síntomas reales: fatiga, insomnio, pérdida de apetito, dificultad para concentrarse y bajo rendimiento laboral. No es exageración ni fragilidad emocional. Es una respuesta neurobiológica.
Desde la perspectiva evolutiva, los vínculos afectivos garantizan seguridad y supervivencia. Cuando se rompen, disminuyen neurotransmisores como dopamina, oxitocina y serotonina, mientras aumenta el cortisol, la hormona del estrés. El sistema nervioso entra en “modo alarma”. El organismo interpreta la pérdida como amenaza.
La mayoría de las personas supera el duelo con el tiempo. Sin embargo, cuando este dolor se prolonga o se combina con dependencia emocional, soledad o sobrecarga laboral, puede transformarse en depresión, ansiedad o conflictos interpersonales. En consulta psiquiátrica vemos con frecuencia cómo el desamor no tratado repercute en el trabajo: más ausentismo, errores, irritabilidad y renuncias impulsivas. La salud mental impacta directamente la productividad.
Aquí es donde debemos cambiar la mirada. El duelo afectivo no es solo un asunto romántico; es un tema de salud pública y bienestar laboral.
La buena noticia es que el cerebro tiene capacidad de recuperación. La evidencia científica respalda intervenciones simples: actividad física regular, sueño adecuado, exposición a la luz solar, apoyo familiar y acompañamiento psicoterapéutico. Estas medidas regulan el estrés y restablecen el equilibrio neuroquímico.
En el ámbito laboral, recomiendo estrategias prácticas: dividir tareas en metas pequeñas, establecer pausas breves, evitar decisiones importantes en momentos de crisis emocional y mantener comunicación clara con supervisores o equipos. Cuidar la mente mejora el rendimiento tanto como cualquier capacitación técnica.
También es momento de derribar un mito persistente: ir al psiquiatra no es “estar loco”. Es prevención, igual que acudir al cardiólogo o al endocrinólogo. Consultar a tiempo evita complicaciones mayores y acorta el sufrimiento.
El desamor forma parte de la vida, pero no debería convertirse en un padecimiento crónico. Pedir ayuda es un acto de madurez y responsabilidad con uno mismo, con la familia y con el futuro.
En Santo Domingo, contar con atención psiquiátrica especializada, con experiencia en neuropsicología clínica, rehabilitación neurocognitiva y alta gerencia, permite a las familias dominicanas —y también a los turistas que nos visitan— acceder a un tratamiento humano, científico y oportuno en los momentos más cruciales.
La salud mental no es un lujo: es la base sobre la que se construyen el amor, el trabajo y la vida