
El Centro de Predicción Climática de la NOAA, informó hace unos días que existe entre un 50 a 60 % de probabilidad de que se forme El Niño para finales del verano o principios de otoño del 2026, pero aclaran que todavía hay incertidumbre en el pronóstico, debido a que en esta época del año, las predicciones de este tipo suelen ser más complejas.
El Niño es la fase cálida de un ciclo climático más amplio, denominado «El Niño-Oscilación del Sur, o ENSO, por sus siglas en inglés», el cual consta de tres fases: una cálida (llamada el niño), otra fría (denominada la niña) además de una neutral (cuando no está presente el niño ni la niña).
El niño suele desarrollarse en promedio cada 3 a 5 años, y se distingue principalmente por un calentamiento anómalo en las aguas del Pacífico ecuatorial central y oriental, además de un cambio en el patrón de presión atmosférica y las lluvias en diversas regiones del planeta.
Por lo general, suele durar entre 9 y 12 meses, desarrollándose usualmente en la primavera (marzo-junio), alcanzando su máxima intensidad a finales del otoño o invierno (noviembre-febrero), y debilitándose por último especialmente en primavera o principios del verano (marzo-junio).
Este fenómeno tiene la capacidad de causar sequías extremas en determinadas zonas del mundo, mientras que, en otras, puede provocar inundaciones catastróficas.
Durante su presencia los vientos alisios en la parte este y centro del pacífico se debilitan de forma significativa, haciendo que las temperaturas superficiales del mar en esa región aumenten por encima del promedio, propiciando así la formación de bajas presiones (zonas de tiempo inestable y lluvioso) sobre y cerca de la región occidental de Sudamérica, mientras que, en zonas distantes como Indonesia, favorece el desarrollo de altas presiones (zonas de tiempo estable y seco).
Quienes bautizaron al fenómeno con el nombre de «El Niño» fueron pescadores peruanos durante el siglo XVII, los cuales notaron cambios en el comportamiento de las especies marinas en la región, mucho antes de que los científicos comenzaran a estudiar este evento a fondo en el siglo XX.
Su nombre hace alusión al niño Jesús, debido a que las anomalías climáticas del mismo, solían alcanzar su punto máximo durante la temporada navideña.
Para declarar oficialmente la existencia del niño, deben establecerse una serie de condiciones oceánicas y atmosféricas a la vez. Una de ellas, son las anomalías cálidas de temperatura en zonas del Pacífico tropical, conocidas como «regiones de El Niño», y son las siguientes: Región 1+2, región 3, región 3.4 y región 4. Si en un periodo de tres meses, la temperatura superficial marina en esas regiones se mantiene o sobrepasa los 0,5 grados Celsius por encima de la media normal para la época, es indicador de condiciones del niño, aunque también, hay que verificar que los vientos, la presión superficial y las precipitaciones muestren cambios consistentes con el fenómeno.
En cuanto a la intensidad, podemos clasificarlo como un evento débil, moderado, fuerte o intenso, dependiendo de los valores registrados. Un evento débil refleja anomalías térmicas de entre +0.5 a +0.9 °C, uno moderado entre +1.0 a +1.4 °C, uno fuerte entre +1.5 a +1.9 °C, y finalmente, aquellos eventos que igualan o superan los +2.0 °C, son catalogados como muy fuertes o intensos.
Entre algunos de los más potentes registrados en la historia podemos citar los ocurridos en: 1982-83, 1997-98 y 2015-16.
Sin lugar a dudas, se ha comprobado científicamente que el niño influye en la actividad ciclónica dependiendo de la región oceánica. En el Atlántico y el Caribe, suele disminuir la formación de ciclones tropicales, porque intensifica la corriente en chorro subtropical (fuertes corrientes de aire en los niveles altos de la tropósfera o capa más superficial de la atmósfera), generando lo que se conoce como «cizalladura vertical o viento cortante»; un cambio brusco de la velocidad y dirección del viento a diferentes alturas que interrumpe o impide la organización e intensificación de las tormentas.
Lo contrario sucede en el Pacífico oriental y central, donde las condiciones se vuelven mucho más favorables para el desarrollo de ciclones, motivadas por temperaturas de la superficie del mar más calientes y baja cizalladura del viento.
Cabe destacar que, en 2023, a pesar de la presencia de el niño, el Atlántico tuvo una temporada de huracanes muy activa, por la razón de que esa cuenca oceánica registró temperaturas superficiales extremadamente cálidas, lo que contrarrestó en parte los efectos del niño en esta región.