Luis Miguel: el mexicano que sí triunfó en Las Vegas

Por unas horas, el viernes, México invadió Las Vegas. O, por lo menos, ese pedacito de la ciudad del pecado en el que Luis Miguel -de 42 años- convocó a 4300 fans que colmaron la capacidad del Colosseum del Caesars Palace, en la segunda de las tres fechas con las que el The Hits Tour hace escala aquí. Donde tampoco son pocos los argentinos que llegaron, saltando el cerco -digo, el cepo- para ver ganar a Sergio Maravilla Martinez y, de paso, cantar un rato con “el Rey” (con perdón de Palito).
Porque de eso se trata -y de esto ya hace tiempo-, en el caso de Luismi: de escucharlo, pero sobre todo, de mirarlo y acompañarlo en su recorrido por canciones que marcaron buena parte de su y de sus vidas; la del cantante, y la de su público. Que aquí, como en Buenos Aires, muestra una apabullante mayoría femenina. Mujeres de más de cuatro décadas enfundadas en vestidos ajustados hasta la asfixia; veinteañeras con brillos y lentejuelas a tono con los neones del casino, que funciona con absoluta indiferencia justo frente a la escalinata que conduce al lobby del auditorio; treintañeras empeñadas en impedir que sus minis trepen sus piernas más de lo sugerido por las buenas costumbres y señoras por arriba de los 50, dispuestas para una noche de celebración. Y, en desventaja numérica, ellos; de saco y sin corbata, de zapatos puntiagudos y con perfil de partenaire.
Entonces, alcanza con que el dueño de la noche -de traje negro, corbata al tono, camisa blanca y bronceado indoors – ponga en marcha su andanada de éxitos, con Mujer de fuego , para que buena parte de la sala se convierta en coro espontáneo; sobre todo, cuando lo que sigue es Suave , que hasta le sirve al vecino de butaca para cantarle a su chica, en ese marco de complicada intimidad, que siempre la soñó así.
No importa que Luismi se tenga que esforzar por llegar a algunos lugares de la canción que antes le resultaban fácilmente accesibles. Ni que en muchos casos, los temas sean sólo fragmentos enganchados. Ni que la figura torneada que alguna vez lució, sea parte del pasado. Tampoco parece ser tan importante que el cuarteto de metales merezca especial atención por precisión, intención y swing. Lo que importa es disfrutar ese momento y ese espacio compartido con el hombre que grabó esos discos que escucharon una y mil veces; que para eso están. Mucho más, cuando el cantante propone “celebrar el día de la Patria”, y el festejo de la independencia de México se muda al oasis que interrumpe el desierto de Nevada.
Y ahí va la música, en tiempo de bolero.
Contigo en la distancia y La mentira anteceden a No sé tú , convertida en un karaoke para nada barato; y le permite a Luismi descansar una voz que maneja y regula con oficio. “El mexicano nos cagó. Pagamos por cantar”, protesta otro vecino, con inconfundible acento argento. Pero no. En Por debajo de la mesa todo vuelve a la normalidad, mientras los aplausos a mitad de canción delatan que unas filas más allá acaba de formarse una pareja. Y, más que nunca, queda claro por qué tanta incondicionalidad.
La cosa cambia con Bésame mucho , que deja de ser bolero para ganar en ritmo, y funcionar más en sintonía con el fraseo del cantante, que se desajusta la corbata mientras sus dos coristas se mueven con sensualidad, recortándose sobre el fondo rojo.
Entrégate regala un pasaje de imágenes del Luis Miguel de años atrás. Sólo un pasaje; el necesario para ver con nitidez el paso del tiempo, antes de que La incondicionaldespierte más adhesiones en la platea, y quede a punto caramelo para sacar a México del medio por un par de minutos, y dejar que Frank Sinatra, desde la pantalla, complete el dueto para Come Fly With Me . Al fin de cuentas, estamos en Las Vegas.
Pero Luismi sabe que, para standards, desde pasado mañana ya estará Rod Stewart, sobre el mismo escenario. De modo que, de vuelta a lo suyo, con una retirada estratégica y logística -para cambiar de camisa a negro, y dejar el saco para siempre-, le abre paso a una decena de mariachis (de Los Angeles) que pone al rojo vivo a una platea que, por primera vez, se pone de pie. Y que se quedará así, para cantar casi a los gritos cada uno de los temas del bloque.
El Rey , Que seas feliz , Y , El viajero , Cielito lindo y un par de tradicionales mexicanos forman un combo que culminará, primero, con un “viva México” y un “viva América” a repetición, mientras imágenes de la selección mexicana de fútbol se alternan con la de -otra vez- su bandera. Y que terminará, mucho después del final del show, fuera de la sala, cuando un par de centenares de mexicanos irán pasando del Cielito lindo a capella, a cantos de cancha de tono subido, ante la misma indiferencia de dos horas antes, de una multitud concentrada en depositar sus billetes en miles de maquinitas tragamonedas, mesas de póker, ruleta y black jack y otros juegos.
Pero antes, con los mariachis aún en escena, y un vaquero haciendo malabares con su lazo detrás suyo, Luis Miguel canta, camina, se acerca al borde del escenario, recibe un collar de flores hawaiano, estrecha manos, manos y más manos, canta, desespera a los encargados del darle seguridad, pierde el collar, camina, reparte flores, canta, recibe otro collar, sigue cantando y sonríe. Casi siempre, sonríe, hasta que la etapa mexicana del recorrido llega a su fin.
Mirando alrededor, estoy seguro de que nadie se quejaría demasiado si se tratara del final, y de que cada uno de esos 4300 se irían con lo que vinieron a buscar al Caesars. Pero hay algo más.
Decídete es el comienzo del final. Y ya nadie se sienta.
Si no supiste amar propone un nuevo salto al pasado, que sigue con La chica del bikini azul , dejando en evidencia, una vez más, eso de la sintonía de algunas canciones con la vida. El último mini tour vintage lo completan Isabel y Cuando calienta el sol. En el medio, Luismi tose. Hace rato que dejó de dosificar su voz, con buen resultado. Y se va; para regresar una vez más, a cerrar su show con la todavía casi nueva Labios de miel . En minutos, al compás de los acomodadores, la invasión es sólo parte de la memoria.
 
Extraido: Clarin