Soledades

Las noches de hoy no son tan distintas a las noches de antaño. La oscuridad no es distinta; la brisa fresca que juega con mi rostro quizás pasó por aquí hace ya decenas de años, tal vez ha pasado siempre desde que el mundo es mundo y solo da vueltas y mas vueltas en interminables viajes conociendo los más distintos lugares del mundo. Sí, debe ser eso. La brisa corre por encima de valles y colinas en los interminables campos donde las hierbas brillan con cierta magia en las noches eternas con olor a naturaleza iluminadas por la plata transparente de la Luna. Luego, esa misma brisa se mete entre las ciudades mas pobladas de la historia en todo el mundo y se escapa sin pedir permiso hacia las solitarias tundras de los lugares mas  fríos. Lo conoce todo. Ha sido testigo de todo y en algún momento nos ha tocado a todos.
Es muy poco lo que en el mundo cambia. Somos nosotros los que vamos cambiando y lo vamos cambiando. La brisa siempre regresa. Me encanta la brisa. Recuerdo cuando, en mi juventud, me dejaba llevar por el instinto a las colinas mas claras solo para cerrar los ojos, confiado, y dejar que el viento me trajera el olor de los árboles y jugara con mi pelo. Ya no juega con mi pelo porque ahora soy calvo, ni cierro mis ojos con la misma confianza de entonces. El viento es igual. Los lugares son los mismos, pero ahora yo soy distinto.
Y mi mente, que una vez no conocía la palabra ocupación ahora esta llena de recuerdos. Hoy solo tengo recuerdos, en los mismos espacios escondidos del pensamiento que una vez fueron ocupados por hermosos sueños. El tiempo es cruel, muy malvado. Nos va matando las ilusiones de la vida. El tiempo es muy cruel. Va convirtiendo en frio lo que en nuestra juventud fue tan tibio como el roce de una piel amada o  tan caliente como la sensación de la primera humedad al besar unos labios deseados con locura.
Recuerdo la confianza que sentía al cerrar mis ojos hace tantos años. Veía mis sueños tan claros que pude haberlos confundido con una realidad inmediata. Hoy cierro mis ojos y solo alcanzo a sonreír sin expresión definida, convencido de que muchas de aquellas imágenes que tantas veces soñé despierto se convirtieron en espejismos que, al no ocurrir, jamás se convirtieron en recuerdos. Muchos futuros que jamás llegaron y nunca llegarán a ser pasados. Cuantos abrazos que mis brazos no llegaron a cerrar y cuantos besos que mis labios no llegaron a sentir!
Cuanto nos cambia la edad y cuanto nos moldea el paso de los años hasta convertirnos en una superficie cada vez mas lisa, insensible… Será verdad que nos ponemos insensibles o es que aprendemos mejor a ocultar nuestra tristeza en sonrisas tan inciertas  como la perfección de una actuación en obra de teatro clásico?  La edad nos cambia hasta la percepción de los colores. Al principio, cuando aun somos jóvenes vemos los mas vívidos colores al caminar por los campos y es el verde de los árboles y arbustos que nos pone el corazón de fiesta.  Al pasar el tiempo ya no miramos tanto hacia adelante y nuestra mirada cae hacia el suelo como contando todos nuestros pasos por los mismos trillos y caminos que una vez cruzamos al trote. Donde vimos antes tanto verde que de todos modos aun sigue existiendo, percibimos más los colores mustios y los tonos grises  apagados dentro del fuego naranja de los atardeceres en el horizonte cada vez mas lejano. Lo que una vez nos despertaba sueños sigue estando allí posiblemente, pero ahora nos despierta recuerdos y añoranzas de lo no fue o de los que ya se fueron.

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